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ALIANZA NACIONAL DE AGRICULTORES INDEPENDIENES DE CUBA 

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El cinturón lechero de Santiago de Cuba
por Haydée Rodríguez, periodista independiente

SANTIAGO DE CUBA, junio - Cuando veo la desolación, la desaparición de aquellas productivas vaquerías que había alrededor de esta ciudad, y que abastecían de leche fresca y carne a toda la población, recuerdo con tristeza las palabras del profeta Abacó 3:17 y 18: "Aunque la higuera no florezca ni las vides tengan fruto, aunque falte el producto del olivo, y los labradores no den mantenimiento y las ovejas sean quitadas de la manada, y no haya reses en los corrales, con todo yo me alegraré en Jehová y me gozaré en el Dios de mi salvación". Palabras de consuelo y fortaleza de las que estamos muy necesitados al ver la terrible situación a las que nos ha llevado casi 40 años de dominio totalitario.

En Cuba existían más de 6 millones de cabezas de ganado, aproximadamente una cabeza por habitante en 1959. Hoy los campos están asolados, en los corrales no hay vacas, por lo tanto tampoco hay leche fresca para los niños, ancianos y enfermos. A los niños, al cumplir los 7 años se les suprime la leche. Los que pasan de esa edad y los laboralmente activos aparentemente no tienen derecho a aspirar a tomar un simple vaso de leche.

Desde los primeros años de la revolución se trató de modernizar esta esfera productiva. Se hicieron inventos e innovaciones, como la inseminación artifical. Se trajeron valiosos y costosos sementales de otros países, se aplicó el método de pastoreo Voisin, pero no se obtuvieron buenos resultados. Cada día disminuía la masa ganadera hasta los niveles actuales en que apenas se ven reses en lo que antes fueron grandes extensiones de terreno dedicados a esa actividad económica.

Recuerdo que en la ciudad de Santiago de Cuba existían numerosas vaquerías. Este cordón lechero rodeaba a la ciudad por los cuatro puntos cardinales. Si tomamos por la Carretera Central nos encontrábamos por el kilómetro 4, casi frente a Rancho Club, una moderna y productiva vaquería llamada Cadena Azul, propiedad del señor Emilio Gil. Unos metros más allá estaba la de Juan Gómez Vals, seguida por las cuadras de Pancho Iglesias, San Pablo y Chibarí.

Por todo lo ancho y largo de la carretera, infinidad de fincas ganaderas, con los corrales y potreros repletos de reses. Escudriño en mis recuerdos, y veo las altas montañas donde se divisaban punticos pastando, de Puerto Pelado al Puerto Boniato, El Castillito, y un poco más allá del Cobre se encontraban numerosas vaquerías, como El Carmen, de la familia Estévez Marzán; La Clarita, de los Gabert Lavise. Y si continuamos el recorrido vemos grandes extensiones donde se criaba el ganado vacuno.

Si tomamos por la carretera rumbo a Songo-La Maya, también nos encontrábamos con muchas fincas ganaderas, como Flor de Lis, de los Alfaro; La Caridad, Saino. Y por la salida de Palma Soriano, Yarayabo, Manantuaba, y muchas más. Por la carretera del Caney, muy cerca del reparto Vista Alegre, había otras grandes y productivas vaquerías, como La Veguita, San Juan de Miyares, y algunas más pequeñas alrededor del poblado del Caney.

En el asentamiento conocido como El Hoyo de Chicharrones, existía la vaquería de la familia Villalón. En lo que hoy es parte del reparto 30 de Noviembre también había una vaquería de la familia Haya. Por la carretera de Siboney, a la altura del actual reparto Abel Santamaría se podían observar los corrales llenos de reses, las vaquerías de Sevilla y la de los Lisán.

También había una buena cantidad de grandes y pequeñas vaquerías en el camino que iba rumbo a Chivirico, en esa vasta zona de la costa sur, como la vaquería San Juan de Parada, Quivicán, de la familia Herrera, la de los Zarande, Caimanes y muchas más que escapan a mi memoria.

En esta ciudad estaba un edificio, en Calvario y San Antonio, denominado Sociedad Lechera Hicacos. Allí se acopiaba la leche de grandes y pequeños productores, y se envasaba ya pasteurizada y homogeneizada en litros y en tomas individuales, que se vendía a a un precio muy módico.

Hasta el triunfo de la mal llamada revolución, un litro de leche fresca costaba 15 ó 20 centavos, y estaba al alcance de toda la población. Se llevaba a la puerta de las casas en todos los barrios. En los comercios se vendía un vaso de leche fría o un café con leche por 5 centavos. También había abundante queso blanco y mantequilla.

Poco a poco, y con el avance del sistema, todo fue desapareciendo producto de las expropiaciones y nacionalizaciones e intervenciones que sufrió este importante renglón de la economía. Fue disminuyendo el suministro hasta los niveles actuales, en que se depende de leche en polvo de importación, y la leche fresca ha desaparecido casi en su totalidad.

Las pocas lecherías estatales que quedan se utilizan para otros fines, como el turismo, o las que tienen los altos dirigentes para su uso particular, como las llamadas granjas de autoconsumo que tienen distintos organismos, la Asociación de Combatientes entre ellos. Pero esa leche no la ven los ancianos y enfermos combatientes, sino los jefes. Así ocurre con otros sectores privilegiados, mientras nuestros niños, ancianos y pueblo trabajador no sabe qué sabor tiene la leche fresca.

En ocasiones no llega a tiempo el barco con la leche en polvo, y pasan varios días en que no hay leche. Esto ocurre con frecuencia, para molestia de los usuarios.

En toda esta vasta zona donde antes se veía tanto ganado, las grandes extensiones de pasto han cedido espacio a las yerbas malas. El marabú cubre todas estas tierras, hoy baldías e improductivas.

En eso se ha convertido lo que antes fue una importante fuente de riqueza nacional.

 

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