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Campesinos pasan hambre
 
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            Campesinos pasan hambre

 

Porfirio Cristaldo Ayala
pcristaldo@abc.com.py


En la conferencia internacional sobre reforma agraria y desarrollo rural en Porto Alegre, Brasil, se delibera sobre las 640 millones de personas que en el mundo padecen hambre y viven en zonas rurales, como campesinos sin tierra. La solución para este terrible drama humano que dan los representantes de toda América Latina, casi sin excepción, es impulsar la reforma agraria para que los campesinos accedan a la tierra. Este análisis muestra el realismo mágico latinoamericano en todo su esplendor.

El hambre y la pobreza rural, suponen los socialistas y funcionarios de la FAO, se deben a la falta de tierras que permitan a los campesinos cultivar y alimentar a sus familias. Insisten con una solución que se viene probando sin éxito desde la Revolución Mexicana. No se han percatado aún del rotundo fracaso de la reforma agraria populista. Los "objetivos de desarrollo del milenio", que los socialistas fijaron como meta del "desarrollo rural", no se alcanzará con la reforma agraria ni en cien años.

Estas políticas solo han logrado atrasar el desarrollo, destruir los recursos naturales y crear una fuerte dependencia en la agricultura para sobrevivir. México, cuna del ejido y la fracasada lucha por la tierra, dio por concluida la reforma agraria hace muchos años para librarse de las cadenas populistas que lo mantuvieron durante siglos en la miseria.

Invariablemente, cuanto más se han empeñado los gobiernos en repartir tierras a los campesinos, más se han empobrecido los pueblos. Esto se debe a dos factores: los atropellos a los derechos de propiedad y las políticas que frenan la natural emigración del campo a la ciudad.

El prolongado deterioro de los derechos de propiedad, desde que Marx definió el comunismo como la abolición de la propiedad privada, ha sido la causa principal de la escasez, violencia y hambre en el mundo. Los pueblos con mayor influencia marxista, como los de América Latina, Africa, India, China, fueron los más castigados.

En las últimas dos décadas, la historia económica, con los estudios de D. C. North, Premio Nobel de Economía, ha hecho patente la importancia de las instituciones en el desarrollo. Se ha demostrado que si no existen sólidos derechos de propiedad institución fundamental, el progreso es imposible. Y lo que hace la reforma agraria populista, precisamente, es atropellar los derechos de propiedad sembrando ocupaciones de tierras, violencia, robos, destrucción, desalojos y expropiaciones. El reparto populista de parcelas, sin títulos de propiedad, convierte a los campesinos en eternos peones del clientelismo político.

El otro factor de pobreza es la política agrarista que busca mantener a los campesinos en el medio rural, amarrados a la tierra. Los socialistas creen que si se logra fijar a los campesinos en el campo, mediante el reparto de tierras en la reforma agraria y el subsidio agrícola es posible eliminar el desempleo, la pobreza y el hambre. No se dan cuenta de que el progreso natural de los pueblos, desde hace más de cien años, ha sido la continua emigración del campo a las ciudades, la urbanización e industrialización.

La economía campesina tradicional es cosa del pasado. Lo que antes era una vida apacible y autosuficiente, hoy es sinónimo de pobreza. La agricultura se ha vuelto un negocio empresarial, mecanizado, de capital intensivo y alta tecnología. En EE.UU., como en todos los países ricos, en 1900, cerca del 40% de los trabajadores eran campesinos. Hoy solamente el 3% trabaja en el campo. El resto vive un nivel de vida más alto trabajando en las ciudades. El aumento de la productividad agrícola volvió arcaica a la reforma agraria.

El problema del hambre rural no es la falta de tierras, sino la escasez endémica de fuentes de trabajo urbano que obstaculiza la natural emigración del campo a las ciudades. La falta de oportunidades en el medio urbano, a su vez, es causada por el estancamiento y la ausencia de inversiones que originan las políticas estatistas. La solución del drama campesino por ende exige liberalizar la economía y crear las instituciones legales que favorezcan la producción y originen suficientes empleos para las masas campesinas.