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No
tienen idea del progreso
Porfirio Cristaldo Ayala
El Estatuto Agrario
socialista que aprobaron en diputados es irracional y
ruinoso. La impresión que dan los legisladores es que no
tienen idea de lo que precisa el país para progresar o
que solo les interesan los votos de los sintierras.
La reforma agraria no es parte de la modernización ni la
reforma del Estado, como creen algunos. Es todo lo
contrario. La reforma agraria no solo es un proceso anacrónico
y fracasado, sino que sus principios y sus fines son
totalmente opuestos a la reforma del Estado que requiere
el país para salir del atraso.
¿No entienden los políticos que no tiene sentido
privatizar la Antelco y el Ferrocarril si el derecho de
propiedad, base de la privatización y el progreso, será
afectado por un proceso de redistribución de la tierra en
la reforma agraria? ¿No ven que es inútil achicar el
aparato estatal, reducir el gasto público y el déficit
fiscal si se decide atentar contra la propiedad, esencia
del Estado moderno, mediante la expropiación
confiscatoria de tierras? ¿No entienden que mientras la
defensa de la propiedad no esté garantizada será
imposible salir de la pobreza y atraso?
Para dar el salto a la prosperidad, lo que precisa el país
es adoptar las estructuras e instituciones legales que
garanticen la protección de los derechos de propiedad y
las libertades individuales. La reforma del Estado que
precisa el país con premura para atraer inversiones y
crear empleos se refiere, precisamente, a la construcción
de las estructuras jurídicas que protejan la propiedad y
no a otra cosa. En cambio, lo que hicieron los diputados
al aprobar el Estatuto Agrario es dar un gran salto al vacío
que condenará al país a la violencia y la miseria.
Los políticos no parecen entender que la reforma del
Estado trata esencialmente de fortalecer su función
principal: garantizar a las personas el ejercicio de su
derecho de propiedad y de las libertades individuales.
Resulta totalmente incoherente, pues, pretender reformar
el Estado y al mismo tiempo impulsar una reforma agraria.
Esta última es una política traumática que implica
redistribuir la propiedad, arrebatando a uno por la fuerza
lo que le pertenece para darle a otros a quienes nos les
pertenece. Ello inevitablemente aumenta el riesgo de la
inversión y agrava la inseguridad de propietarios y
productores.
La prosperidad del país depende hoy de modo crucial de su
capacidad de atraer a los grandes capitales disponibles en
el mundo globalizado. Pero los inversores, los
administradores de recursos y las agencias evaluadoras de
riesgo internacionales, comparan a los gobiernos, a sus
instituciones y sistemas jurídicos para reducir a un mínimo
los riesgos a la propiedad y la inversión.
Los países pobres son pobres solo porque sus gobiernos
nunca lograron crear instituciones eficaces que den garantías
adecuadas a la propiedad. Toda ineficacia institucional
afecta a la propiedad. Así, la falta de transparencia e
información en la gestión pública no solo conduce a la
corrupción e ineficiencia sino que aumenta los riesgos
para la inversión.
Lo que separa a los países ricos de los países pobres es
la seguridad de la propiedad. La ineficacia institucional
para proteger el derecho de propiedad en los países
pobres se extiende a todos los órdenes, desde la invasión
de propiedades hasta el mercado negro y la debilidad del
sistema bancario. Afectan el derecho de propiedad, no solo
los atropellos institucionales como las expropiaciones en
la reforma agraria, sino también una justicia floja,
politizada e incapaz de hacer cumplir la ley.
A la propiedad afectan también la inflación y devaluación
de la moneda, el proteccionismo, subsidios y trabas al
comercio, las regulaciones, el monopolio en la seguridad
social, el derroche en las empresas estatales, déficit
fiscal y los gastos excesivos del gobierno.
El Estatuto Agrario socialista afectará seriamente
cualquier esfuerzo o reforma por mejorar la calidad
institucional y establecer un marco jurídico favorable a
la producción con el fin de sanear la economía, reducir
el riesgo país, atraer la inversión y crear empleos.
En la reforma del Estado se procura que la justicia tenga
como objetivo principal la defensa de la propiedad y los
derechos individuales. A su vez, se trata que el Congreso
sancione leyes que asignen la máxima prioridad a la
protección de las personas y sus bienes, y rechacen el afán
socialista del reparto coercitivo de la riqueza y la
tierra que exhiben nuestros legisladores y gobernantes.
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