Posted on Sat, May. 28,
2005
El emperador sin ropas
VACLAV
HAVEL
Durante mi
primera visita presidencial a Estados Unidos hace
más de quince años, recibí en Washington, en nombre
de mi país, un regalo importante. Se trataba del
manuscrito original de la Declaración de
Independencia de Checoslovaquia del año 1918.
Este singular y valioso documento había estado,
hasta 1990, en propiedad de la Biblioteca del
Congreso. Fue escrito a mano y en checo por nuestro
primer presidente, Tomas Garrigue Masaryk, quien
merece que le sea reconocida gran parte del mérito
de la creación de una Checoslovaquia independiente y
quien, cuando estuvo exiliado en Estados Unidos,
colaboró estrechamente con el presidente Wilson. Es
muy probable que al escribir esta Declaración,
Masaryk se inspirara en la Declaración de
Independencia de Estados Unidos.
Existen varios documentos en la historia moderna
que han tenido una trascendencia similar a la que ha
gozado la Declaración de Independencia de
Estados Unidos. Basta con mencionar, por ejemplo, la
Declaración Universal de Derechos Humanos,
adoptada tras la Segunda Guerra Mundial por las
Naciones Unidas, o el Acta Final de la
Conferencia de Helsinki de 1985. Estos
documentos han logrado una mayor relevancia gracias
a que han sido escritos en un lenguaje simple, claro
y elocuente, aunque sólo sea porque esto facilita su
aprendizaje a los escolares y que se los tomen a
pecho, convirtiéndose así en una parte permanente de
su entendimiento cívico y sistema de valores.
Junto con la precisión y elegancia de tales
documentos, no cabe duda de que hay otra cuestión de
inmensa importancia: debe haber personas que estén
dispuestas, como ellas dicen, a ''jugársela'' por
ellos; es decir, estas declaraciones deben ser
tomadas en serio, sus principios generales deben
hacerse específicos, deben hacerse realmente
vinculantes, y su cumplimiento debe ser tangible.
Desafortunadamente, hay regímenes y gobiernos en
el mundo que hacen un gran alarde de estos
documentos, aunque está claro que no se los toman en
serio. Para estos regímenes, estas declaraciones no
son más que uno de los aspectos más nobles de un
ritual ceremonioso que tiene un único objetivo:
ocultar la triste realidad. Tiene una función
similar a la de muchas celebraciones, agitación de
banderas, desfiles, manifestaciones o discursos: no
revelar la verdad, sino esconderla.
¿Qué se puede hacer sobre este tema?
Es obvio que tales manipulaciones basadas en
palabras, textos, declaraciones, constituciones o
leyes no se deberían encontrar simplemente con las
burlas o la resistencia a nivel privado. Existe otra
forma, más arriesgada y todavía más efectiva. Puede
que no sea universalmente aplicable, pero su
eficacia ha sido probada en la mayoría de los casos,
especialmente en el mundo moderno, que sufre hoy una
situación sin precedentes sobre las concentraciones
de poder y la influencia de las palabras falsamente
empleadas. Esa forma consiste en realizar un
esfuerzo continuo por tomarles la palabra a aquéllos
que invocan esas declaraciones, y exigir que lo que
dicen equivalga a algo más que un sonido hueco. Tal
enfoque suele provocar una gran estupefacción e ira
en los gobernantes que están acostumbrados a que
nadie les tome la palabra y a que nadie tenga el
coraje de hacer un llamamiento al verdadero
significado de lo que dicen. Pero no se puede
esperar más.
Eso es precisamente lo que hicimos durante la
época de la resistencia disidente al poder
totalitario comunista. Nos tomamos muy en serio la
Constitución de nuestro país, sus leyes y tratados
internacionales (y entre ellos, principalmente, el
Acta Final del Acuerdo de Helsinki) y
comenzamos a exigir que el gobierno los respetara.
Eso fue lo que hizo no sólo la Carta 77 de
Checoslovaquia, sino también, el movimiento
Solidaridad de Polonia, los Comités de Helsinki de
la Unión Soviética y otros grupos de oposición de
los países comunistas. Los que estaban en el poder
fueron tomados por sorpresa, desprevenidos, de
manera que les resultó difícil justificar la
persecución de aquéllos que pedían únicamente que
las autoridades respetaran las leyes que ellos
mismos habían establecido. Y así fue como un simple
llamamiento a la verdad comenzó a ganar a la policía
y al ejército.
Estoy
convencido de que debemos apoyar, de todas las
maneras posibles, a los que hacen frente a las
dictaduras, a los que les toman la palabra y llaman
la atención públicamente sobre todas las
contradicciones existentes entre las palabras y los
hechos que forman parte de la práctica diaria de
estos regímenes. Estas personas valerosas existen en
Corea del Norte, China, Bielorrusia, Cuba, Birmania
y otros países. Como alguien que experimentó hace
años de primera mano el mandato arbitrario de un
régimen dictatorial, pero que luego vivió para ver
tiempos mejores (en gran medida gracias a la
solidaridad internacional), hago un llamamiento a
todos aquéllos que tengan lo oportunidad de actuar
en contra de tal comportamiento arbitrario, y de
expresar su solidaridad con las personas y naciones
que todavía hoy viven en un estado de represión.
Fragmento del discurso 'El emperador sin ropas',
pronunciado por el ex presidente checo Vaclav Havel
en la Biblioteca del Congreso, en Washington, el 24
de mayo de 2005.