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La violencia doméstica está siendo ignorada
Ana Leonor Díaz, Grupo Decoro
LA HABANA, octubre 2002 (www.cubanet.org) - Carmen es
una mujer bajita, negra, fuerte a sus 62 años, pero
ciega de un ojo. Toda su vida ha trabajado limpiando
pisos para mantener a su familia sin un esposo.
Recientemente Carmen desapareció de su barrio en
Zapata y 14, Vedado, municipio capitalino Plaza de la
Revolución, porque estuvo ingresada en un hospital. Ella
fue golpeada por su único hijo varón, Alexis, un fornido
mulato de seis pies, pendenciero y sin empleo.
La golpiza fue de tal magnitud que a Carmen le dio un
preinfarto. Pero a Alexis no le ocurrió nada. La policía
no lo molestó, pues consideró que se trata de "una
bronca familiar".
Casos como el de Carmen se cuentan por miles en Cuba:
mujeres víctima de su pareja o de sus hijos, niños
golpeados por sus padres... De la violencia doméstica,
de obra y de palabra, no se habla públicamente. La
prensa oficiosa no publica nada sobre ella. Sólo se
persigue como delito cuando ocurre en público o tiene un
desenlace fatal, pero si sucede dentro de la casa se
considera "asunto personal", dijo una fuente de la
Comisión Mujer y Familia en el municipio Habana Vieja.
En una indagación realizada entre 200 mujeres de
alrededor de 25 años en el barrio San Isidro, 69 de
ellas admitieron ser víctimas de maltratos por parte de
su pareja, pero se mantienen renuentes a denunciarlos
por temor a consecuencias peores como venganza.
Semejante actitud se explica porque en este país, de
régimen socialista, las tragedias familiares van a parar
al saco roto de lo "personal", una variante cubana de El
Corán que consagra al hombre como dueño de la vida
puertas adentro.
Ningún vecino puede llamar a la policía y ésta
tampoco acude cuando sabe que hay "una bronca familiar".
Más de la mitad de los conflictos y situaciones
violentas reportados por estas 69 mujeres ocurrieron en
presencia de los hijos, lo que provee un patrón de
conducta infinito porque las costumbres se imitan.
De las mujeres encuestadas en Habana Vieja muchas de
ellas esperan que el hombre cambie de conducta, mientras
otras culpan al consumo de alcohol, aunque más del 50
por ciento de los agresores estaban totalmente sobrios
cuando las golpearon.
Por eso Carmen, una devota de la Iglesia Evangelista,
debe arrastrar su vergüenza y también mudarse de su
casita, irse a vivir agregada con una hija, por miedo a
que su hijo repita la agresión.
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