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La
destrucción del monte les conduce a Asunción
Por: Roque González Vera, Paraguay
La llegada de indígenas mbya guaraní a Asunción
tiene su raíz en la destrucción de sus comunidades.
Primero fueron arrincados por empresas latifundistas,
ahora los campesinos destruyen sus últimos montes, en el
departamento de Caaguazú. Los mbya, señores del monte,
se dedican a ‘‘pidear’’ y ven transcurrir sus
nuevos días en una jungla de asfalto. Están en Asunción,
una ciudad infectada de violencia, drogas y muerte.
El verbo pidear no existe, pero los mbya guaraní que
vienen a Asunción lo utilizan para designar el acto de
pedir ayuda. De hecho, nuestra capital se convirtió en
coto de caza de comunidades indígenas de Caaguazú.
La venida de los mbya a Asunción es un proceso que comenzó
hace ocho años, aproximadamente. Los primeros en llegar
eran originarios de comunidades instaladas en los
alrededores de la colonia menonita Sommerfeld.
Los colonos menonitas emplearon en forma sistemática la
violencia como medio para lograr el desalojo de los
asentamientos indígenas. Quema de ranchos, destrucción
de los bosques, hostigamientos se convirtieron en una
constante en la vida de los mbya.
Sommerfeld, colonia ubicada en las inmediaciones del kilómetro
225 de la ruta que conduce a Ciudad del Este, inició en
la década del 80 un agresivo proyecto de expansión agrícola-ganadera
y no tuvo miramiento alguno en arrasar las comunidades
mbya de la región.
La violencia tuvo el resultado esperado: los mbya
abandonaron sus asentamientos y se vieron obligados a
ingresar en otras comunidades, situadas fuera de las
propiedades de Sommerfeld.
Esta dispersión tuvo un impacto negativo en el interior
del pueblo mbya. Desde el punto de vista socio-político,
marcó el inicio del progresivo deterioro de la influencia
del liderazgo político tradicional. Las comunidades,
dispersas y perseguidas en todo Caaguazú, se veían
obligadas a tomar decisiones independientes, dejando de
lado a los líderes tradicionales.
Este proceso entró en crisis definitiva con el Proyecto
Caazapá, financiado por el Banco Mundial. Grandes
propiedades, con inmensos bosques, fueron loteadas y las
tierras colonizadas. Campesinos de diversas regiones del
país se instalaron en Caaguazú y Caazapá. Los montes
fueron arrasados y con los árboles cayeron los últimos
refugios de los mbya. Corrían mediados de los 80.
El Banco Mundial exigió al Gobierno paraguayo la compra
de tierras para los mbya. Era un compromiso establecido en
el mismo convenio de financiación del proyecto, que se
cumplió a medias.
Presionado por el Banco Mundial, el Gobierno adquirió en
Caaguazú tres fracciones de tierras, para las siguientes
comunidades: Curupicuá, 1.000 hectáreas; Pindo’i,
1.400 hectáreas; Ypau, 1.100 hectáreas. La Ley 1.372/88
dispuso la legalización de estas propiedades en favor de
los mbya guaraní.
Al final, la solución no llegó de la mano de la compra
de tierras. Los indígenas, siguiendo pautas culturales,
preservaron los montes, que pronto se convirtieron en las
últimas reservas ecológicas, porque en las colonias
campesinas no quedaron ni siquiera astillas para
escarbadientes.
Pronto los montes mbya se trasformaron en centro de interés
de toda la región: los empresarios madereros deseaban
talar todo lo que había en pie; los políticos de Caaguazú
lo veían como una fuente de votos, y los campesinos como
un botín que no debía seguir en manos de indígenas tavy
o tontos.
La chispa de la destrucción definitiva se encendió en
los primeros meses de 1991, un grupo de 300 personas,
supuestos campesinos sin tierra, invadió violentamente la
comunidad Ypau, construyendo casas y hornos para elaborar
carbón vegetal. Talaron el monte, vendieron los árboles
de tamaño y convirtieron los de menor talla en carbón.
Un año después, 100 personas tomaron por asaltó la
comunidad mbya Amambay, en las inmediaciones de Ypau. Ante
la resistencia pasiva de los mbya, los invasores
recurrieron a las amenazas y hasta la violencia abierta.
Luego, la comunidad Pindo’i corrió la misma suerte.
En su lucha contra los invasores, las comunidades mbya
apelaron a todas las instancias administrativas del Estado
paraguayo. Recurrieron al Instituto Paraguayo del Indígena,
al Instituto de Bienestar Rural, a la Comisión de
Derechos Humanos del Parlamento Nacional, al Poder
Ejecutivo y finalmente al mismo Presidente de la República.
Las denuncias fueron radicadas ante el Poder Judicial y
ante el Banco Mundial. Solo el silencio respondió al
llamado de auxilio: nunca recibieron una respuesta
positiva y duradera.
Y ahora están en Asunción, pideando.
Regresar a Ypau luego de cuatro años, para realizar la
serie de notas que publicamos desde hoy, sirvió para
comprobar la destrucción absoluta de la comunidad y la
miseria a la cual fueron condenados los mbya. Fue
realmente doloroso contemplar lo que quedó; peor aún fue
la experiencia de recorrer cada uno de los lugares donde
los indígenas se encuentran afincados en Asunción, Luque
y San Lorenzo.
Los mbya guaraní, señores del monte, se dedican a pidear
y ven transcurrir sus nuevos días en una jungla de
asfalto. Están en Asunción, una ciudad infectada de
violencia, drogas y muerte.
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